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Entrevista: Héctor Abad Faciolince: “la lectura, la música, las películas nos ayudan a sobrellevar esta cárcel virtual”

forero93

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Desde Medellín, el escritor colombiano habla de las protestas en su país, de la película que cuenta el asesinato de su padre y de la precariedad social y cultural que desnuda la pandemia.



Por la ventana de su biblioteca, me relata Héctor Abad Faciolince, se ve la ciudad, el valle estrecho del río Medellín y, al fondo, las montañas muy verdes: “Tiene su encanto, yo paso el 70% de mi tiempo aquí, rodeado de libros, diccionarios, una ventana, un balcón”, describe en charla telefónica desde una Colombia que vive días de protesta y represión y de cifras altas de víctimas de Covid que mantienen al escritor confinado en su casa. La vida en estado de shock. Por culpa de la peste no se pudo estrenar en su país la película El olvido que seremos, basada en el libro del mismo nombre donde Faciolince relató el asesinato de su padre, el médico y promotor del cumplimiento de los derechos humanos Héctor Abad Gómez, ejecutado por sicarios paramilitares. La película fue dirigida por el cineasta español Fernando Trueba, el guión lo escribió David Trueba y fue protagonizada por el actor Javier Cámara. “La película me conmovió mucho, creo que es una pequeña obra de arte, distinta al libro, pero totalmente fiel y acertada a la historia”.

La obra fue seleccionada para el suspendido festival de Cannes y estrenada en el de San Sebastián. “La vi con mi familia en una proyección privada que hicieron los productores y el mismo Fernando Trueba, que estuvo aquí en enero. Fue muy bonito y conmovedor para mi madre, mis hermanas, mi familia. Porque claro, es muy raro ver una película en la que esté mi madre interpretada con una actriz. Ella le decía, ‘la mía’. Y también están mis hermanas en el cuerpo de otras actrices. Y lo mismo conmigo que aparezco en la piel de dos actores. Y por si fuera poco, mi padre en la pantalla, representado. Todo era raro, una experiencia única, muy especial y bonita”.

La película El olvido que seremos, adaptación del libro de Faciolince sobre el asesinato de su padre.
Poco antes, en 2019, Faciolince publicó Lo que fue presente. Diarios 1985-2006. “Empecé a llevar esos diarios a los 27 años, mucho antes de haber publicado un libro. Yo empecé a publicar tarde. Antes de tener a mis hijos, antes de que mi padre naciera (sic). No eran escritos para publicar, simplemente quería desahogarme. Y la imagen que sale al principio es un joven, después un hombre maduro, que lucha por una obsesión y una vocación que es llegar algún día a escribir libros. Los editores lo vieron como una pequeña novela de formación, como una evolución que es muy distinto al personaje del libro mío más conocido (El olvido que seremos), que es mi padre, y con el que algunas personas me confundían, pensando que yo era tan bueno como ese médico bueno. Y no, en este diario se ve que no es así, que soy otra persona con muchos más defectos que los que él tenía, y tal vez con una sola virtud, que es la constancia en una misma vocación”.

–Leo que en las calles de Colombia hay sindicatos, grupos de estudiantes, organizaciones indígenas en pie de protesta, huelgas, manifestaciones… ¿Quiénes son los que salen a la calle? ¿Quiénes son los que se sienten más precarizados, desprotegidos, pobres en este momento de crisis profundizada por el Covid?

–Creo que esta pandemia ha acentuado los niveles de pobreza y de desigualdad preexistentes. Muchísima gente ha perdido el trabajo, muchísima gente tiene trabajos precarios, informales, y vive en esa desigualdad, en esa pobreza que es el motivo primero para que muchos jóvenes salgan a protestar. Aquí, bajo mi edificio, muchas veces hay gente que más que protestar está gritando su angustia, muchos son venezolanos: hay un millón y medio en Colombia, siguen viniendo por el desastre de su país. Gritan “tenemos hambre, por favor, tírennos un kilo de arroz, de frijoles. Ver eso todos los días es angustioso. Y los jóvenes, de muchas tendencias, son los más angustiados, los que no soportan que esto pase, y salen a protestar. Desgraciadamente esas protestas no siempre son pacíficas, y a veces le apuntan a algo que yo rechazo completamente, que son los bienes públicos. Por ejemplo, los buses, que transportan sobre todo a las personas más pobres. Y la policía, que en Colombia no es un cuerpo civil, sino militar, actúa disparando a la altura de las personas. Ya ha matado a más de 10 manifestantes en Bogotá. Es intolerable y por supuesto reaviva más el deseo de estos jóvenes de salir a protestar. Eso también es algo como un contagio de lo que ha pasado en Estados Unidos, solo que allá se han ensañado más con los negros y aquí más con los jóvenes. En su faceta de protesta civil, justa, por la justicia, por los derechos de la gente más vulnerable, más afectada por la pandemia, es algo que apoyo completamente. Aunque su faceta iconoclasta, de incendios o destrucción de bienes públicos, me parece contraproducente y que, simplemente, le da armas a la extrema derecha que quiere represión directa y violenta contra estas manifestaciones. Esto produce mucho desconsuelo y mucho miedo de que Colombia vuelva a caer en su vieja, vieja recurrente enfermedad. La violencia.

Manifestación en Bogotá, el 10 de septiembre de 2020. Hubo nuevas protestas el jueves 8 de octubre por la muerte del abogado Javier Ordoñez tras un procedimiento de la Policía con una pistola Táser en el barrio Villa Luz, al occidente de Bogotá. Foto: Xinhua/Jhon Paz
–¿Cómo evaluás el papel del presidente Iván Duque Márquez en esta crisis socioeconómica y también política?

–El presidente parece una persona atrapada por un partido político de extrema derecha que ni siquiera lo apoya, con el que no está de acuerdo, pero está muerto de miedo de no responder de la manera en que lo haría su jefe político, Álvaro Uribe. Es una mala imitación de él, un hombre maniatado por una conciencia que le dice que debe ser un presidente liberal, y unos asesores y malos compañeros políticos que le dicen que debe ser un represor. Es un personaje hamletiano, desesperado y desesperante, que no es capaz de ser él mismo y al no ser capaz de ser él mismo, actúa como en sus peores mentores.

–¿Cómo se evalúan hoy los Acuerdos de paz con las organizaciones armadas de 2012? ¿Cuánto se logró desde su firma en este lapso y cómo ves en el futuro inmediato la continuación en los hechos de esos acuerdos?

–Esos Acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC disminuyeron la violencia, bajaron la tasa de homicidios en Colombia a pesar de los rebrotes. Pero el gobierno actual que ganó en las urnas pertenece al partido que se opuso a los Acuerdos de paz. Cuando hay masacres en el campo, ellos lo atribuyen a los Acuerdos, lo cual es totalmente falso e injustificado. Pero la retórica de la guerra sigue dominando en el mal llamado centro democrático, que es de derecha, no muy democrática. Es la retórica de que los Acuerdos fueron una entrega del país a la guerrilla. Eso no es verdad. Es cierto que una parte de la guerrilla de las FARC volvió a las armas, unos tres mil hombres, muchos de ellos con el apoyo y el refugio en Venezuela. Y por otro lado, la otra guerrilla, la del Ejército de Liberación Nacional, no se ha desmovilizado. Ellos también son culpables, a veces directos de los actos violentos, se infiltran en manifestaciones pacíficas y probablemente sean los que hacen los actos violentos que los jóvenes intentan evitar para que su protesta no sea invalidada por el ejército, por la extrema derecha. Los Acuerdos de paz fueron algo enérgico. El partido gobernante los defiende cuando hablan ante plataformas o ante un público internacional, pero internamente tratan de mirar para otro lado y de no ver ninguna virtud en ellos. Ahora, incluso Trump, asesorado por la gente del gobierno de Colombia, dice que Obama y Santos se rindieron a la guerrilla de las FARC. Eso es una retórica nefasta para los Acuerdos de paz.

–Estás trabajando en una novela que tiene como trasfondo esos años de la violencia del narcotráfico en Medellín y que es protagonizada por periodistas…

–Sí. Antes de que llegara la peste, estaba escribiendo una novela sobre el diario en el que yo trabajo y publico hace muchos años, que es El espectador, el más antiguo de Colombia. Su fundador fue encarcelado y censurado, el diario no pudo salir durante la dictadura. A su vez, Pablo Escobar mató al director, destruyó las instalaciones con un carro bomba. Sus periodistas fueron perseguidos y asesinados y el periódico no podía circular en mi ciudad, en Medellín, por orden de los narcos. Mi novela tiene que ver con esos periodistas de Medellín, que trabajaban escondidos para poder seguir publicando historias de esta ciudad en los años más horribles del narcotráfico que fueron los ochenta y noventa del siglo pasado. A pesar de que la historia es muy fuerte, cuando llegó la pandemia, todo me parecía muy poca cosa. Y abandoné, abandoné esa novela, al menos temporalmente.

–Esto me recuerda que en 2014, en la Bienal Vargas Llosa, dijiste que no ibas a volver a escribir. Y quería preguntarte qué se te pasó por la mente en ese momento, y si se compara con este momento de suspensión de la escritura.

–Bueno, en esa Bienal francamente yo estaba en un período que ahora me atrevo a definir como un período de depresión. Lo que yo dije allá es que yo me sentía como un cura ateo en un sínodo de obispos. Que yo ya no creía en mi trabajo. Yo creía en la literatura de ellos pero no en la mía y que no iba a volver a escribir. En realidad en esa época yo estaba haciendo comentarios políticos por radio. Hice ese trabajo durante un año todas las mañanas. Y eso fue devastador para mí. Involucrarse en la política de actualidad es lo más nefasto que puede hacer un escritor y para mí fue un año perdido, porque yo terminaba molesto todas las mañanas, con el alma podrida y no podía escribir ni una palabra. Entonces yo, por comentar el presente, por defender el proceso de paz y cosas así destruí mi vida como escritor. Eso fue algo muy malo. Ahora afortunadamente he podido alejarme de la actualidad política, que sigue siendo muy tensa. Pero a cualquier escritor que me lea en este momento, que lea lo que tú transcribes de mis palabras, le digo que por favor si quiere preservar su mente para la literatura no se mezcle en el teje maneje de la política actual, porque no hay nada más dañino para la escritura literaria que la actualidad política.

Mario Vargas Llosa con Héctor Abad Faciolince. Foto: AFP
–¿Y qué consecuencias tuvo la pandemia en tu vida? El confinamiento, la distancia social...

–Toda la vida se tiñó de repente de esta pandemia. Y entonces para no sentirme inútil, lo que hice fue ponerme a traducir cuentos infantiles y traduje las Just so stories de Rudyard Kipling, que son unos cuentos que él le escribió a su hija, cuando ella tenía 6 ó 7 años. Son unos cuentos muy bonitos, de animales con cierta teoría evolucionista. Y me dediqué casi tres meses a traducir a Kipling en lugar de seguir con mi novela. El libro acaba de aparecer, se llama, en español Los cuentos como son. Tienen algo bonito que evoca esta época y es que Kipling y su hija sufrieron una neumonía hace un poco más de un siglo y los dos estuvieron luchando entre la vida y la muerte unas semanas. Kipling sobrevivió y la niña se murió. Entonces tiene algo en su origen que se parece un poco a lo que estamos viviendo y es alguien muriendo por neumonía y un escritor que trata de salvarse escribiendo los cuentos que le contaba a su hija. Kipling recuperó los cuentos orales para su niña. Ella decía que los cuentos tenían que contarse tal como eran, just so, y por eso le puse ese título de Los cuentos como son.

–¿Y en relación a la pandemia y el confinamiento, cómo ha golpeado a tu alrededor, está dejando marcas psíquicas? ¿Puede dejar algo positivo?

En Lima, una mujer vende artesanías en la calle durante la emergencia sanitaria, 8 de octubre de 2020. Foto: Xinhua/Mariana Bazo
–Bueno, yo creo que esto me ha confirmado que las personas que tienen recursos culturales –más que recursos económicos o médicos– son las que mejor sobreviven a una crisis así. El gusto por leer, por escuchar música, ver películas, tocar un instrumento, nos dan una capacidad de sobrellevar la cárcel virtual de este aislamiento con herramientas salvadoras y benéficas. Si uno sabe idiomas puede traducir, si a uno le gusta leer, puede leer como nunca antes. Esto me demuestra la importancia que tiene en cualquier sociedad darles a las personas a los ciudadanos recursos culturales, que nos da la educación, placeres que nunca van a desaparecer y que duran toda la vida. Esos son los placeres de la cultura y de la inteligencia. Y por otro lado, también sobreviven más las personas que mejor se pueden enterar culturalmente de los síntomas del virus, de los tratamientos, de tener un termómetro. La pandemia también mata más a las personas más pobres por carecer de estos recursos culturales y educativos.

 
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